Una sencilla planta trepadora se convierte, como cada año, en protagonista silenciosa, pero no inadvertida, de la historia local.

Y su explosión floral despierta la admiración de los que viven aquí y de quienes nos visitan, atrapados por las sensaciones que deja mirarla, con una capacidad de magnetismo que atrapa al espectador.
Son miles de pétalos de sus originales florecillas agrupadas en grandes racimos de colores violáceos, azul y lila, que componen una imagen incónica en el Casco Antiguo de Ponferrada, en la fachada del edificio que hoy acoge el Museo de la Radio “Luis del Olmo”. Estos días de Semana Santa, vuelve a cumplir su cita de la primavera. Y, frente al castillo de los Templarios, ha dejado estampas icónicas, al paso del Cristo de la Esperanza o el Nazareno. Casi es imposible no emocionarse con esa impresión.
Una vista que se repite cada año, desde hace más de un siglo, que anuncia el inicio oficial de la primavera y que se ha convertido en una auténtica seña de identidad de Ponferrada. Ella ha visto crecer la ciudad desde que la trajeron y se quedó aquí. Presumida y coqueta, se muestra cada año más guapa.

La Glicinia (Wisteria en nombre científico) tiene nueve especies nativas de Australia y países orientales como China, Japón y Corea. Es una planta trepadora capaz de escalar hasta los veinte metros de altura y diez de ancho. La nuestra supera los dos metros de alto y su perímetro también se acerca a los doscientos centímetros.
Y fue el pintor Fernando Fueyo (1945-2022) quien utilizó el apelativo de “Gran Dama” para la Glicinia, por su “gran majestuosidad y porte, no sólo por el entorno el que está, sino que por sí misma presenta una belleza exuberante de una dama elegante”. Son palabras que el artista asturiano pronunció en 2021, un año antes de su fallecimiento, cuando pintó una acuarela de la planta. Durante casi tres meses trabajó junto a sus flores, sus hojas y sus troncos “con una mentalidad casi budista”, confesó. Fue un tiempo en el que descubrió “rincones secretos que la mayoría de la gente no ve, pasan por aquí todos los días y no ven que tienen un mundo rico alrededor”, contó en su día el conocido como “Pintor de los Árboles”.

Un poco de historia
La Glicinia de Ponferrada ha sido testigo silencioso de la evolución de la ciudad. Y, como es lógico, sufrió los cambios de esa transformación. Primero, se asentó en un entorno de tierra, viendo pasar a los vecinos y al ganado, camino de la vieja feria en la plaza de la Encina. Después, cuando se extendieron cemento, hormigón, infraestructuras subterráneas y asfalto, para el tráfico de vehículos que circulaban sin descanso a su lado e, incluso, aparcaban aprovechando su sombra. En aquel momento se dejó un mínimo espacio para el tronco. A finales del siglo pasado, se eliminó la circulación, se amplió su jardinera y se emprendió un plan director para salvar al árbol, que incluyó la instalación de apoyos específicos para facilitar su crecimiento. Años antes, cables y alambres de la fachada dejaron cicatrices y huellas en las ramas, que ofrecen curiosas formas retorcidas y enroscadas. Como buena planta trepadora, se extendió sobre la cubierta de la Casa de los Escudos, amenazando sus losas de pizarra. Después, creció por la fachada. En ese proceso, ha luchado constantemente y ha logrado sobrevivir gracias a un extraordinario vigor. Un vigor que nace desde el subsuelo, porque bajo tierra, sus raíces se expanden más de veinte metros en busca de alimento, nutrientes y sustento para sus flores y sus hojas.

Así se constató en un minucioso trabajo desarrollado por el botánico valenciano Bernabé Moya, a quien se encomendó la tarea de salvar la Glicinia. Es el principal experto español en árboles monumentales y su intervención se completó con tratamientos que permiten que hoy sigamos disfrutando de su imagen.

El origen de la Glicinia
A estas alturas, puede surgir la pregunta de cómo llegó la planta a Ponferrada. La Casa de los Escudos, donde vive, es un edificio noble construido en el siglo XVIII y de estilo barroco tardío. En su fachada, luce los distintivos heráldicos de armas de la familia García de las Llanas que dan nombre al inmueble. Se encuentran a ambos lados de un hermoso balcón. Y aunque no hay referencia exacta de las fechas, se estima que la Glicinia pudo llegar entre finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la propiedad pertenecía a la familia de Adelino Pérez Gómez. Pudo haber sido un encargo especial a un comerciante amigo, en unos momentos en los que era habitual que las clases distinguidas europeas plantaran especies florales exóticas llegadas desde otros puntos del mundo. Primero, ocurrió en Inglaterra, con las glicinias americanas. Después, llegó una gran expansión con nuevas plantas traídas desde Oriente. En aquel tiempo, las clases nobles y burguesas podían acceder a esos elementos y exhibirlos como un signo de posición elevada y de distinción social. La moda de lo original y lo exótico invitaba a mostrar las plantas más extravagantes, de colores deslumbrantes o de olorosas fragancias. Y ahí, la glicina cumplía la exigencia de su perfume y su floración. Y, después, el color verde suave con el que se iluminan sus hojas cuando ha terminado la explosión de la primavera y que componen una imagen de densa frondosidad, hasta que en otoño, esas hojas se tiñen de amarillo pálido y se caen, para dejar ver sus ramas entrelazadas.

Hoy, la Glicinia de Ponferrada ha sobrevivido a una auténtica odisea para un vegetal. Y ve hermanas por otros puntos de la ciudad. La más joven, se ha plantado a unos metros, en el restaurado edificio del Torreón.

Y además, otras casas ponferradinas exhiben glicinias en su jardines. En la zona donde en su día predominaba el negro del carbón de MSP.

En el antiguo poblado de chalés de la Minero Siderúrgica de Ponferrada…

O en pedanías cercanas, donde las flores de la glicinia también reclaman su protagonismo primaveral, al lado de los cerezos en flor.

Y donde los racimos de flor, la glicinia también adorna espacios para el disfrute y el ocio…



